Admiro a quien logra destacarse en la vida. Mucho más a quien lo consigue superando muchas adversidades.
Son personas que parecen ser las menos pensadas. Tienen que luchar contra obstáculos que les presenta la vida, la gente y hasta familiares que las defenestran: “¿Qué vas a llegar?”, “Mirá si vos…”.
Cuando empiezan a ver las primeras luces, aparecen la envidia, el ninguneo, la sospecha del éxito (“por algo será”). Sin embargo, no aflojan, van para adelante y solo retroceden para tomar carrera.
El profeta Samuel le pidió a Jesé que le presentara a sus hijos para consagrar al que Dios había elegido como rey de Israel. Samuel vio al primero y le pareció con condiciones, pero Dios le dijo que no. Jesé hizo pasar a siete hijos. Ninguno era. Samuel le preguntó si tenía alguno más.
A Jesé ni se le hubiera ocurrido traer al más pequeño. ¿Cómo un pibe carilindo que cuidaba ovejas iba a ser rey de un gran pueblo? Casi resignado, lo trajo. Se llamaba David. Era ese. La persona menos pensada. Menos pensada para muchos. Para Dios no.
Si tenés una vocación muy fuerte, si tenés planes para tu vida, si crees en un futuro, no hagas caso de los que no confían en vos. Poné toda tu energía y andá por ello y por más. Lo que cuesta vale. Y lo que vale no tiene precio.