Aunque nos cause impresión, aunque hagas cuernitos, aunque mis amigos me respondan «no lo digas ni en chiste», hubo un día en que asesinaron a Messi. Y no me refiero a las críticas, cuando muchos decías que ese tipo que no había jugado en Argentina nunca iba a ganar una Copa del Mundo y menos llegar a los 39 años jugando bien al fútbol. No: fue un homicidio real.
Luis Antonio Messi, un comerciante de 46 años, cruzaba la calle, tranquilamente, en Mar del Plata. Angel Montesserín, un estanciero, de 30 años, acompañado por un amigo, provocó a Messi desde su auto. Este se acercó y, notando que estaban borrachos, les pidió que no lo molestaran y se fueran a dormir.
Fueron sus últimas palabras. Montesserín le pegó un tiro. Su acompañante se bajó y el asesino huyó. Fue al hotel donde se alojaba, hizo sus valijas y abonó sin despeinarse. Marchó hacia General Madariaga, donde vivía. Entregó el auto a un pariente y tomó un taxi de confianza que lo llevó, más de 300 kilómetros, hasta Constitución en la ciudad de Buenos Aires.
Desde allí tomó un tren a Temperley, pero tuvo mala suerte: un comisario de la zona lo conocía porque había prestado servicios en Madariaga. Sabía también quién era su amigo en el sur del Gran Buenos Aires. Al requisar la casa, tras haber entrevistado al dueño en la puerta, la Policía encontró a Montesserín durmiendo en una cama.
Millonario, el estanciero no pudo evitar la prisión por haber, ni más ni menos, que matado a Messi. Sucedió en 1961.