El poeta Samuel Coleridge dijo que para disfrutar el arte hay que suspender la incredulidad, es decir, el arte es una cuestión de fe. Cuando ves una serie o una película, tenés que creer que Francella es encargado de un edificio o Di Caprio, un náufrago del verdadero Titanic. Si no, el arte te pasa por al lado y no te atraviesa.
Lo mismo me sucedió con esta Selección Argentina de Fútbol: logró que, por 90 minutos, y sus alargues, un hombre más o menos racional como yo paralizara mi inteligencia y sufriera, gozara, llorara, sintiera. Este equipo logró, por los menos, dos milagros del tiempo: que las horas no pasaran antes de que empezara un partido y que la esperanza de un resultado favorable se mantuviera hasta el último segundo. Ni siquiera la superpoderosa y justa campeona España consiguió doblar las rodillas de estos muchachos que dejaron un signo de interrogante en el resultado hasta el pitazo final.
Las lágrimas de Messi y de Scaloni me empujaron a escribir estas pocas líneas para pedirles: «Basta». Basta de hacernos sentir fuertes hasta en las peores circunstancias deportivas. Basta de hacer que volvamos a la niñez y gritemos y lloremos como si solo el fútbol importara en la vida. Basta de conducirnos por un camino dulce de ilusiones que, muchas veces, contrasta con la dureza de la esperanza cotidiana. Basta de apostar por valores como la sencillez, la humildad, la sonrisa, que, después, son tan escasos de encontrar en la oferta diaria.
En definitiva, ¡basta de hacernos creer! Por culpa de ustedes, muchachos, sospechamos que las adversidades enriquecen, las crisis fortalecen, la unidad grupal vence obstáculos, la edad no es todo y el Himno Nacional Argentino fue escrito para ser gritado bien fuerte. Por favor, ¡basta! El pase a la realidad es duro. Déjenme que enmarque este equipo y este ciclo en la parte más memorable de mis recuerdos y, sobre todo, de los ejemplos.