Todo el que postea algo en una red social tiene una intención: puede ser solo entretenerse, criticar, difundir una receta de cocina o enseñar una materia de la universidad. Todo el que la mira, también. No existen los posteos neutros desde el punto de vista de quien los hace. Ni tampoco del que los mira.
Lo mismo que sucede con la literatura, la pintura, el teatro y otras expresiones artísticas, la verdadera realización se produce cuando el objetivo del emisor coincide con el objetivo del receptor. A tal efecto, el emisor debe buscar lo que la gente desea consumir. Y este es un principio con el cual luché durante mucho tiempo.
¿Debo comunicar lo que sé que la gente quiere o lo que creo que la gente debería saber aunque no le guste? Esto me generó algunos problemas en la etapa en que dependía de un jefe o director de los medios en que trabajaba.
Suponía que la honestidad es una de las bases del periodismo. Entonces, tenía que hacer las notas de pesca del mismo modo que las haría cualquiera de los lectores. Por consiguiente, no podía ir a pescar una semana con un guía en el río Paraná, porque nadie lo hacía. O no podía pescar con diez amigos en cuatro botes en una laguna, porque normalmente cada uno pesca con dos o tres amigos como mucho. Se me dirá que había excursiones masivas, de varios colectivos. Responderé que si iba a emplear ese método para hacer una nota, la honestidad periodística me obligaba a contarlo y no engañar por omisión a nadie.
Toda esta pulcra manera de pensar en el periodismo me trajo una gran confianza de muchos lectores que la percibieron, pero un dolor de cabeza de los directores, porque la competencia tenía fotos de enormes peces o de grandes cosechas de pejerrey mientras que mi material era siempre más humilde, más real, más sincero, pero más chato también. Claro, si iban una semana a Paso de la Patria, con cinco o seis lanchas y, a veces, les sacaban fotos a otros que tenían un buen pescado.
También siempre pensé que el periodista honesto debería ser un crítico imparcial. Recuerdo, por ejemplo, cuando mi amigo Rubinho, el gran periodista brasileño, me regaló su libro de Peces de río. Le dije que iba a escribir algunas críticas a cambio de su obsequio, pero le pedí que me permitiera ser sincero: iba a marcar tanto los aciertos, que son muchísimos, como sus pocos errores o, al menos, lo que me parecía que podía mejorar. Así lo hice con su consentimiento, pero no es común que esto suceda. Lo digo de otra manera: es rarísimo, inusual, como perro violeta, que un comunicador al que le regalan un viaje de pesca o una caña, un reel o un señuelo, lo critique honestamente, es decir que haga un balance entre lo bueno y lo malo. Me he cansado de escuchar o leer “balance de una salida de pesca o de una caña” y es todo elogios. Un balance, que los contadores me corrijan si me equivoco, consta de dos columnas: debe y haber, entradas y salidas. Una crítica también.
¿Existe en Argentina algún medio en internet o físico que realice críticas de materiales de pesca que sean sinceras, reales, con pros y contras? Creo que no, pero como es un mundo tan grande, no conozco todo, afortunadamente. ¿Sería capaz un fabricante o importador de productos de pesca de dar uno de sus productos a un influencer que realice una crítica profunda y sincera? De hecho, no tendría que ser, entonces, un esfuerzo publicitario, porque la publicidad debe ser verídica, pero no necesariamente verdadera. Cuando te comprás un perfume, porque las chicas se desmayan al paso del actor que lo promociona, o un tampón, porque te hace volar por los aires, vos sabés muy bien que es un truco publicitario y que una mayonesa no te va a decir los problemas que puede suscitar en tu organismo. Demos gracias que recién, en los últimos años, se hizo obligatorio remarcar en los envases los excesos en grasas, azúcares, etc.
Entonces, frente a una realidad en la que sabemos que el material que tenemos disponible en redes no necesariamente está exento del carácter publicitario ni necesariamente coincide nuestra intención con la de quien lo ofrece, debemos llegar al factor más importante a la hora de decir si un canal de Youtube o videos de Instagram o posteos de Facebook, o un comunicador, son “buenos o malos”.
Y la gran pregunta es: ¿por qué lo miro? ¿Quiero entretenerme, quiero pasar el rato, quiero aprender? Entonces, más que “bueno o malo”, el material o el comunicador ¿es de mi agrado, satisface mi propósito o no?
Un poco de luz: si quiero aprender a hacer una línea de pesca o a encarnar, por ejemplo, me será mucho más útil, en general, un video de técnicas o de tutoriales, como los de Pablo González, en lugar de un video en el que solo se observe una salida de pesca con los piques y capturas.
Por el contrario, si quiero despejarme, disfrutar, “cebarme” para una próxima salida, probablemente un tutorial de pesca me resulte aburrido y, por el contrario, miraré un video con grandes capturas, en la modalidad que más me guste y con la mejor calidad de imagen y sonido.
No obstante, debo seguir siendo crítico, porque el consumo indiscriminado de estos últimos videos tiene un gran riesgo, concomitante con su popularidad. Es lo que llamo, perdón a las almas sensibles, “pornografía de pesca”. Aclaro.
Cuando miramos abusivamente videos de pescadores “exitosos” corremos los mismos riesgos que los sicólogos dicen que produce la pornografía: no separar la fantasía de la realidad y creer que repetiremos esa situación. Nuestros deseos, ya activos de por sí, se exacerban al punto que nos desdibujan la realidad. Y esto sucede en función de disfrutar lo que vemos, lo cual es muy normal, porque nadie va al cine pensando que Titanic son actores trabajando en una pileta
Entonces, sin reflexión, podemos llegar a creer, en casos abusivos, que el éxito en la pesca se logra automáticamente, que solo pesca bien el que tiene mucho dinero o que ese tamaño de pez es lo mínimo que nos satisface. Creemos que la base de la felicidad, lo mínimo, es esa rubia impresionante o ese morocho escultural. O que solo se llega a la meta si tenemos ese encuentro amoroso desenfrenado que reíte de las sombras de Grey. Grave error que nos aleja de la realidad y nos daña. En pesca, también.
¡Cuidado con esto! Parece simple, pero no lo es tanto. ¿Mirar videos de pesca hace mal? No, pero mirarlos excesivamente, sin espíritu crítico, considerándolos que son un calco de la realidad, puede generar ansiedades que perturben a la hora de pescar y nos haga pensar que somos unos fracasados porque no sacamos los monstruos que se ve en internet.
¿Qué hacer, entonces? Simplemente buscar los videos que me hagan bien, que me distraigan o me ayuden a pescar mejor y no creer que los ciervos son los animales más buenos del mundo, porque lo dice Disney, o que esa rubia o ese morocho son mis oportunidades reales para pasarla bien en la vida.
Siempre me pregunté por qué hay tan pocas notas que muestren una realidad, por ejemplo: que la mayoría de las pescas de un pescador “normal” (no me refiero a los guías o a quienes están habitualmente entrenados) incluyen pocos piques y capturas. ¿Por qué los posteos tienen que ser “exitosos”? ¿Por qué el que hace un posteo debe mostrarse como totalmente eficaz sin fallas? ¿Da autoridad no tener jamás una fisura? Particularmente no me sucede eso: prefiero saber que San Martín era un hombre de carne y hueso, con pasiones como cualquier humano, y no un impecable estadista que nunca le erraba; prefiero creer en un Sarmiento mujeriego y cabrón que no en un mero “Padre del aula, Sarmiento inmortal”. Creo que ya no estamos en épocas de próceres de la pesca, que para una época de la historia de este pasatiempo eran necesarios, como también los próceres impolutos que creó Bartolomé Mitre, pero que hoy generan distancias y ansiedad por no poder alcanzar sus logros. Ídolos, pero no dioses.
El gran éxito de muchos influencers en otras áreas es que que se identifican con sus seguidores: son uno más de ellos con el solo privilegio de poder y saber comunicar. No se expresan como si estuvieran subidos a un púlpito impartiendo una misa y crean más una relación de igualdad que de desequilibrio. Saben que tienen el carisma y las herramientas para ser líderes audiovisuales, pero generan un vínculo desde quienes simplemente están del otro lado del celular.
Los influencers quieren tener muchos “likes” y comentarios, al igual que anunciantes, porque, precisamente desean sostenerse en el tiempo. Esto está perfecto. Pero, ¿solo les preocupa la cantidad de seguidores y captar publicidad? ¿U ofrecen un producto de calidad que se ajusta a lo que los pescadores prefieren y, por consiguiente, aumentan visualizaciones, seguidores y clientes? Una mirada crítica notará el orden y nos ayudará a elegir.
Desde otro ángulo, todo influencer es un personaje que esconde una persona. Y está muy bien que así sea. Me preocupa cuando para defender a un pescador en redes se dice: “en su vida personal es así como lo ves en los videos”. Lamento mucho, pues no me lo imagino hablando con la maestra de su hijo con la misma efusión con que festeja un gran dorado, o preparando un huevo frito con la misma sutileza con la que ata un nudo, y ni qué decir usando un lenguaje pulcro cuando se enoja porque un auto lo encierra en la ruta.
No hay manera de afirmar un personaje en la mente de los seguidores que no sea remarcando algunas de sus características. Pueden ser frases, reacciones, actitudes ante un pique o frente a una clavada errada y hasta su ropa o el horario en que sube sus posteos. Todo hace a crear una imagen. El Chavo no sería El Chavo sin su barril, sus pantalones con tiradores, sus muy previsibles salidas y sus reiteradas muletillas. Si El Chavo hablara en inglés fluido, ya no sería El Chavo. Gómez Bolaños lo sabía muy bien y no se salía nunca de su personaje. ¿Cómo lo fue logrando? Percibiendo la reacción del público.
En nuestros días, la inmediatez de las redes sociales nos permiten notar hacia qué lado orientar nuestro personaje. Las características que tenga lo hacen apreciado por unos y abandonado por otros. Casi podríamos hacer una lista de comunicadores templados o efusivos, de costa o de embarcado, de agua dulce o salada, de ropas raídas o elegantes, de habituales pescas o teóricos y muchas otras divisiones que, en buena hora, nos permiten elegir. Nadie nos obliga a ver nada.
Por eso, vuelvo otra vez a la pregunta decisiva: ¿qué quiero o qué necesito ver? Y a continuación: ¿qué calidad tiene lo que estoy viendo?
Nada más lindo para un comunicador sincero que sus receptores tomen decisiones propias y que, aunque admiren a la figura, hagan su propia experiencia y saquen sus propias conclusiones. No es cuestión de criar ovejas sino gente con personalidad y criterio que aprovechen al máximo, le saquen el jugo, a un pasatiempo tan hermoso.
Hablando de visión crítica recuerdo cuando, al otro día en que la Selección Argentina de Fútbol ganó el Campeonato del Mundo en Catar (diciembre de 2022), no tuve mejor idea que expresar en redes mi alegría, pero también exponer lo que yo consideraba que habían sido errores del equipo campeón. Todavía están insultándome.
Ampliación de mi nota para Aire Libre, de abril de 2025: https://www.revista-airelibre.com/2025/04/10/pesca-y-redes-sociales/